Hoy y ahora, con este gesto, renuncio a mi pretensión de ser perfecta.

De ser agradable, encantadora, bella y controlada. Renuncio a reproducir papeles e imágenes de mujeres que solo contienen mi fuerza, mi creatividad, mi poder. Renuncio a ser una criatura domesticada.

La perfección en estos tiempos es, en verdad, sinónimo de incompletitud: consiste en restarnos cosas. Restarnos derechos, impulsos, deseos, placeres, tiempos, ritmos y poder. Esa es la mujer perfecta. La mujer incompleta y debilitada, hambrienta. La mujer de alma delgada.

La mujer anestesiada, abotargada, entumecida, amnésica. Narcotizada.

Pues bien: yo quiero que mi alma engorde, que se expanda, que se d e s p a r r a m e (como mis pechos, que anoche decías que te volvían loco).

Y por ello, reclamo todas las partes de mí que me fueron sustraídas. Para pesar más.

Reclamo la salvaje oxitocina que todo lo abre.

Reclamo la fuerza primordial que espera anhelante y confiada, sabiendo que un día volvería a por ella.

Reclamo el poder de los lenguajes primitivos, el arte de caminar a oscuras, la intimidad con la materia, el silencio de la noche.

Quiero más materia, más carne, más hijos, más amor, más placer, más poder.

Y, sobre todo, quiero más autoridad sobre mí misma y no temer “al qué dirán”.

(Ay, Dios, qué dirán de mí. Qué dirán de ti. Qué dirán de nosotras.

Calla.
Escucha.)

Este es mi deseo: tener autoridad sobre mí misma.

TNRDSBM.

 

Nos quiero completas.

Y esto es lo que expreso con mi camiseta.

Si quieres formar parte del movimiento #cadadíamásbrujaymenosprincesa y apoyarme en esta aventura, pilla tu camiseta aquí
yo te envío un rotundo GRACIAS.

Y, si no, comparte que es gratis y sabes que lo que digo tiene el sabor de la verdad.

Amor y caos,

Ada