La brujería es un retorno, un regreso a un lugar en el que ya has estado.

Por eso cuando te digo b r u j a, la palabra penetra en ti. Resuena.

No porque puedas entenderla ni admitirla con el intelecto como algo externo atrapado con un concepto, sino porque te pone en contacto con un recuerdo de algo que ya forma parte de ti. Con una reminiscencia de lo que ya eres.

La llamada al despertar de la bruja, que quizá ya has sentido de algún modo sutil pero innegable, es una llamada a volver a casa, a ti misma y, a la vez, una desafiante invitación a dar un cambio de dirección a tu vida, un giro, una mutación.

Típico del camino de la bruja es la combinación del reconfortante sentimiento de “estar en casa” y el carácter retador y desafiante de caminar más allá de los límites de “lo seguro”, más allá de la norma y de lo socialmente admitido, por el terreno del inexplorado, oscuro y salvaje bosque.

Y, lo que es “peor”, supone aceptar ser transformada, mutada, “girada” por algo que la parte más ensalzada por tu educación -tu intelecto- no puede explicar ni agotar.

 

“¿Se me va la olla?” Puede que te descubras preguntando.

Pues sí. Precisamente eso. Se te va la olla. O para ser más exacta: la “olla” no se va sino que “baja”, toca tierra y se convierte en caldero.

La llamada de la bruja supone una suerte de conversión, un concepto definido por la polaridad entre la idea de “vuelta al origen” (la episthrophe) y la de “renacimiento” (la metanoia).

Pero ninguna conversión es una teoría. La conversio es un acto.

El acto de distanciarse de la vida ordinaria, de lo que nos es conocido y familiar, del falso sentido común, del apego a nuestra identidad heredada para regresar al origen, a nuestros asuntos y tareas vitales abandonadas por el camino, esto es, a habitar nuestra verdad, interioridad y autenticidad. Esto es lo que nos atañe. El resto es Ikea y sufrimiento.

La bruja, pues, regresa al origen y a la vez toma un nuevo punto de partida, renace.

Es primer trabajo de una bruja hoy no es ser comadrona, no es ayudar a parir a otras. Es, ante todo, parirse a sí misma.

 

Me pregunto si todo esto que te presento te desanima por su enormidad o si te seduce.

Si es lo primero, lo siento. No puedo ahorrarte el carácter retador del asunto.

No puedo hacerlo más fácil, más dulce, más comprensible, más “aprenda brujería en 7 semanas”.

Forma parte del “juego” acojonarte.

Y si no sientes miedo en algún momento y mucha vergüenza, es que aún no has llegado al fondo de la cuestión.

En ese caso, cava, cava conmigo.

 

Por fortuna, las brujas, aún las más solitarias, siempre acaban reuniéndose para bailar juntas bajo la Luna.

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