¿Sobre qué tema escribo el primer post? -Andaba yo pensando en el coche de vuelta de llevar a S. al colegio.

¿Explico qué es una bruja?

¿Hago una invitación a explorar la espiritualidad y la sabiduría desde coordenadas feministas?

Seguro que si hablo directamente de magia y hechizos tiene mejor acogida… ¿Qué le puede interesar más a la gente?

A la gente…

Stop.

Esta vez no. Este trabajo no va a construirse sobre las ideas que rigen el actual modelo de emprendimiento. Yo no voy a pensar en lo que los demás quieren oír, ni voy a rastrear qué temas pueden interesar y ser más comerciales y cuáles no. No estoy aquí para complacer a nadie, y menos para manipularlo ni usarlo. Yo voy tratar de comunicar lo que siento con claridad y honestidad que tengo que decir. Y ese mensaje es además fruto de la escucha, de la capacidad de estar atenta, del silencio, no del intelecto ni el cálculo.

(Así fue como la semilla de la Escuela de Brujas brotó y así será… o no será)

Así que, Ada, guarda silencio. Espera.

Detengo un momento el coche y, con el motor en marcha y K. En su sillita, corro a la panadería.

(Solo espero saber contar esta historia con el respeto que merece)

 

Ella está dentro, supera los 70, lleva el pelo arreglado, un atuendo sencillo como su pequeño pueblo, casi un caserío. Siempre me atiende con amabilidad y discreción, no solemos hablar más que lo necesario para pedir y cobrar el pan, unas empanadillas, las magdalenas que endulzan el viaje a S. Pero esto vez ella me ha hablado.

Como con un cuchillo afilado, ha abierto un melón, que se ha partido en dos sobre el mostrador ante mis ojos. De repente.

Y lo más raro es que no me ha sorprendido.

Me ha contado que ella tuvo que cuidar de su hermano, de su hermana, de su madre enferma. Cómo renunció a su vida, a su familia, a dormir en su casa, por hacerlo. Cómo tuvo que ocuparse de la panadería. Cómo sentía que se estaba volviendo loca.

Cómo, tras morir su madre, ella pensó que al fin podría disfrutar de su vida, de su marido y sus hijos a los que sentía había abandonado. Y cómo, sin ella esperárselo, su marido se le murió.

– M., te quiero, te quiero, perdóname si en algo te he fallado- fueron sus últimas palabras agarrado de su mano, me ha dicho.

Y ella quedó perdida, sin saber qué hacer ni a qué agarrarse. Sin saber cómo vivir. De eso hace 7 años.

– Pero yo siento que no puedo, no puedo salir de este pozo… Lo intento pero es que no puedo… Perdona que te estoy aquí entreteniendo y tendrás prisa… (yo pienso en K. En el coche, yo también estoy cuidando, como ella, como todas).

Por fin ha llorado, sus ojos han cobrado algo de vida y pienso que es bueno que se rompa.

Sobre todo la escucho, ¿qué puedo decirle yo a ella? ¿Qué puedo decirle a todas las mujeres que se han pasado la vida entera cuidando de otros, renunciando a sus deseos para satisfacer las necesidades de los demás? ¿Qué puedo decirles cuando sé que es cierto que ahora están solas, al borde del camino, desconcertadas, con la mirada perdida y el corazón vacío? ¿Cuándo ya nada ni nadie tiene el poder de hacerles ignorar su profunda tristeza?

(Y nosotros, mientras, las ignoramos. Ignoramos a las viejas y a los viejos como a una realidad acabada. Ayer lo pensaba en la ciudad, viendo a señoras acompañadas de mujeres inmigrantes que las cogen de la mano, y a ratos miran el móvil, porque ellas también querrían estar en otra parte. Quizá con los suyos, quizá con su madre anciana.

El problema no son los cuidados. Cuidar es lo que nos vincula, lo que nos hace grandes, lo que nos hace humanos. La interdependencia forma parte de nuestra naturaleza, por más que este sistema individualista y competitivo pretenda convencernos de lo contrario. El problema es poner todo el peso de los cuidados sobre los hombros de las mujeres hasta el punto que ellas tienes que renunciar a sus vidas, privarse de sus deseos. Sacrificarse. Carecer de un camino propio.

El sacrificio, tantas veces propuesto como camino espiritual por las religiones patriarcales.)

He sentido ganas de hablarle en su lenguaje, de decirle “Dios te quiere viva”, pero no lo he hecho. Le he dado un abrazo y dos besos, le he agarrado de la mano. Le he venido a decir que su vida no estaba acabada, que yo apostaba por ella. En su cara he visto la incredulidad, quizá la rendición. Me ha cobrado, me ha dicho “Gracias” y yo he corrido como un rayo pensando que K. Estaría llorando en el coche, pero no. Me ha sonreído. Este crío es la alegría hecha carne.

Durante el resto del camino a casa, he pensado en M., por supuesto, y  me he dado cuenta de que ya tenía mi mensaje. Que esto es lo que debía contar hoy: la historia de M. y de todas las Ms. del mundo. La Escuela de Brujas es también por ellas. Quizá sobre todo por ellas.

Y es que las brujas no se sacrifican (las matan, que es cosa distinta), sino que buscan satisfacer sus necesidades vitales. Se responsabilizan de ellas. Aprender brujería es aprender el arte de cuidar de una misma. Bruja es quien no antepone los deseos de los demás a los suyos propios, y quien entiende la profundidad de esta decisión.

Las brujas también cuidan de otros, claro, y de forma especialmente relevante. Sacerdotisas, curanderas, comadronas, consejeras… (eso eran las brujas antiguamente). Un enorme servicio a la comunidad que hacían sin renunciar a ellas mismas, sino como fruto de una vocación de servicio, como el maravilloso resultado de comprender, aceptar y cultivar su identidad más profunda.

“La Diosa te quiere Viva”. Viva con mayúsculas. No te pide que renuncies al placer, a la alegría, al júbilo, al juego, a la creatividad, al crecimiento. Igual que no se lo pide a ninguna criatura viva sobre la tierra. Nada justifica colocarse en último lugar.

Por otro lado, esto es fácil de decir y muy difícil de hacer en nuestras sociedades. A veces, muchas, no queda más remedio que apechugar por sacar a los hijos adelante, vivir agotadas, estresadas, sacrificarnos… Y no voy a ser yo quien diga que esto no tenga valor porque no me siento cómoda con ese mensaje. Solo, lo único que quiero hoy decirte (decirme) es que, en medio de este esfuerzo diario, por favor, permanece lúcida y no te traiciones. Ten claro lo que estás haciendo y por qué. Permanece en contacto con lo sientes.

Que si el resentimiento empieza a desplazar al amor en tu quehacer diario, te lo sacudas de encima y eches a correr. Porque es tu vida lo que está en juego, es una conversación entre lágrimas con una desconocida en un comercio a los 70.

Corre, corre. Corre al bosque!

A la cabaña de la vieja bruja, porque ella tiene un mensaje para ti (como M. lo ha tenido hoy para mí). No esperes a que sea tarde y la tristeza te haya ocupado por entera.

Todo esto me ha hecho pensar M.

Después de todo, M. no es solo nombre de mujer. M. es nombre de Diosa.

Una

y

la

misma

cosa.